La coordinadora se llamaba Daniela. Me habló con voz suave, sin darse cuenta de que acababa de pararse frente al hombre que había llegado a su límite.
—Solo falta su firma, señor. Con eso liberamos la cena completa, el pastel grande, los vinos importados y el mariachi por dos horas extra.
Miré la pantalla. Cada renglón era dinero mío. Cada peso había salido de mi trabajo, de mis desvelos, de vacaciones que no tomé con mis hijos, de gustos que le negué a Mariana para que mi mamá pudiera presumir.
Le devolví la tablet.
—Quiero hacer ajustes.
Daniela parpadeó.
—Claro. ¿Qué desea cambiar?
—Quite la barra premium. Deje solo agua fresca y refresco. Cancele los postres especiales. Retire el mariachi extra. Y si todavía pueden cambiar la cena, que sea el menú sencillo.
La cara de Daniela perdió color.
—Señor, eso se va a notar muchísimo.
—Mejor.
—Su familia puede molestarse.
—Ya estoy acostumbrado.
Daniela dudó unos segundos, pero hizo una llamada. En menos de diez minutos, los meseros empezaron a retirar botellas de la barra. La mesa de postres quedó cubierta con manteles. El pastel de tres pisos desapareció por una puerta lateral.
Mi mamá fue la primera en levantarse.
—¿Por qué se están llevando mi pastel?
Un mesero, nervioso, respondió:
—Hubo un ajuste en el servicio, señora.
—¿Quién pidió eso?
El muchacho miró hacia mí.
La música bajó. Las conversaciones se apagaron. Mi madre caminó hasta donde yo estaba con una sonrisa falsa, de esas que se usan cuando hay visitas.
—Ricardo, ¿qué está pasando?
—Estoy pagando solo lo necesario.
—¿Perdón?
—Es tu cumpleaños, sí. Pero es mi dinero.
El silencio cayó sobre el salón como un golpe.
Mi padre se acercó con la mandíbula apretada.
—No hagas tus ridículos aquí.
—No es ridículo. Es presupuesto.
Patricia soltó una carcajada amarga.
—Qué bajo caíste. Humillar a mamá en su fiesta.
La miré directo.
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