Había cometido fraude. Me preparo un café. Me sentí a pensar. Tenía dos caminos. El primero: llamarlo, advertirle, salvarlo de la cárcel.

El segundo: dejar que siguiera sonriendo hasta el altar… y luego ver cómo se le caía el mundo encima delante de todos.

Elegí el segundo.

No por crueldad.

Por justicia.

Porque a los hijos malcriados los corrige la vida cuando la madre ya se cansó de hacerlo con paciencia.

Tomé mi café con calma, abrí mi agenda de piel azul y marqué tres números.

El primero fue el de mi abogado, Héctor Salgado, el mismo fiscalista que llevaba quince años ciegando mi patrimonio.

Contestó al segundo timbrazo.

—Teresa, diez centavos.

—Diego acaba de retirar dinero de mi cuenta operativa y “vendió” el departamento de Puerto Vallarta usando el poder que firmé en el hospital.

Hubo un silencio seco.

—¿Cuánto sacó?

—No importa. Migajas. Lo importante es que cree que me vació y que firmó una compra válida.

La voz de Héctor cambió de temperatura.

—No me digas que ya cobró.

—Eso dijo. Y mañana se casa con esa muchacha, Vanessa.

—Entonces no le llames. No le avisas nada. Mándame foto del poder, de los movimientos bancarios y cualquier mensaje. En una hora te tengo listo el revocatorio, la denuncia preventiva y una medida para bloquear cualquier inscripción registral derivada de esa compraventa.

Sonreí.
—Eso quería oír.

El segundo número fue el de Lucía Méndez, notaria y amiga mía desde que ambas teníamos treinta años y menos canas.

—Lucía, necesito que mañana estés en el Club Mirador del Pacífico antes de la ceremonia.

—Con gusto, pero dime si voy de amiga o de notaria.

—De las dos. Lleva tu sello, dos testigos y cara de funeral elegante.

Se rio.

—¿Qué hizo ahora el príncipe?

—Se robó mi cambio, falsificó una venta imposible y quiere pagar la boda con el dinero que cree que me quitó.

—Ay, Teresa…

—No me tengas lástima. Mejor ponte un traje bonito. Va a estar entretenido.

La tercera llamada fue la más difícil.

Alicia Ferrer.

Madre de Vanessa Alcázar.

No éramos amigas, pero nos conocíamos lo bastante para soportarnos en comidas, eventos y alguna que otra subasta benéfica. Alicia era una mujer de esas que nunca levantan la voz porque aprendieron a destruir con una ceja. Sabía perfectamente la clase de hija que tenía. Y sospechaba, además, la clase de nuera que Vanessa pensaba ser.

Contestó con tono distraído.

—Teresa, qué sorpresa.

—Alicia, mañana tu hija se casa con mi hijo. Antes de que abras el champán, deberías saber que el niño acaba de cometer fraude patrimonial y abuso de poder.

Silencio.

Luego, más fría:

—Explícate.
Le expliqué lo indispensable. Sin adornos. Sin histeria. Al terminar, solo dijo:

—Entiendo.

—No te llamo para pedirte ayuda. Te llamo para que no digas mañana que nadie te avisó.

—¿Piensas hacerlo público?

Miré el mar frente a mis ventanales.

—Pienso hacer lo correcto. Si eso ocurre delante de doscientos invitados, será culpa de Diego, no mía.

Alicia tardó dos segundos.

—Estaré allí.

Colgué.

Después fui a mi clóset, saqué un vestido color esmeralda de seda sobria, perlas discretas y mis zapatos bajos favoritos. Si una va a arruinarle la boda a su hijo, al menos debe hacerlo cómoda.

A las seis de la tarde llegó Héctor con una carpeta gris. Entró al departamento con su seriedad habitual, vio mi tranquilidad y dejó escapar media sonrisa.

—Sabía que ibas a escoger el camino escénico.

—Me conoces demasiado.

 

 

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