Todavía me cuesta explicar por qué acepté subir a aquel taxi con Mariana esa noche.
No la veía desde hacía cuatro años. Desde el divorcio. Desde que los dos entendimos que el amor no siempre se acaba de golpe; a veces simplemente se desgasta hasta volverse irreconocible.
Nos casamos jóvenes. Demasiado jóvenes quizá. Ella soñaba con abrir una galería de arte en Guadalajara. Yo vivía obsesionado 04 con crecer dentro de una firma de abogados en Monterrey. Al principio creíamos que el esfuerzo era temporal, que algún día tendríamos tiempo para nosotros.
Ese día nunca llegó.
Las cenas se volvieron silenciosas. Las conversaciones terminaron reducidas a cuentas, horarios y reproches pequeños que se acumulaban como polvo. Nadie engañó a nadie. Nadie gritó demasiado. Solo dejamos de mirarnos de verdad.
Y una mañana firmamos el divorcio.
Sin drama.
Sin lágrimas.
Como dos personas cansadas.
Después de eso, Mariana desapareció de mi vida. Supe por conocidos que se había mudado a Mérida para trabajar restaurando casas antiguas. Yo seguí en Monterrey, enterrado entre expedientes, audiencias y oficinas con ventanas que nunca se abrían.
Hasta que me enviaron a Yucatán por trabajo.
Era un viaje corto. Dos días para cerrar un acuerdo inmobiliario y volver. Pero la primera noche, después de una cena aburrida con clientes, decidí caminar por el centro histórico para despejarme.
Había música saliendo de los bares, olor a lluvia reciente y calor pegado a la piel. Entré a una cafetería pequeña porque necesitaba sentarme un rato.
Y ahí estaba ella.
Mariana.
Sentada junto a la ventana, leyendo un libro como si el tiempo no hubiera pasado.
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