Cuando levantó la vista y me reconoció, sonrió apenas.
—Daniel…
Escuchar mi nombre en su voz me desarmó más de lo que esperaba.
Nos quedamos hablando horas.
Al principio con cuidado. Después con demasiada facilidad. Recordamos tonterías: el gato que odiaba a todo el mundo, nuestro viaje absurdo a Veracruz, las veces que nos quedábamos despiertos viendo películas malas solo para no discutir.
Y entonces entendí algo peligroso.
Todavía me sentía en casa cuando hablaba con ella.
Caminamos juntos por Paseo de Montejo hasta que empezó a llover. Corrimos riéndonos bajo los árboles como dos idiotas demasiado grandes para actuar así.
Cuando llegamos empapados a mi hotel, Mariana me miró en silencio unos segundos.
Debí despedirme ahí.
No lo hice.
Aquella noche dormimos juntos.
Y por unas horas olvidé por qué habíamos terminado.
Pero a la mañana siguiente desperté solo.
Mariana ya no estaba en la habitación.
Solo había una taza de café vacía, la ventana abierta y una nota doblada sobre la mesa.
“No debimos hacer esto. Perdón.”
Eso era todo.
Intenté llamarla.
No respondió.
Le escribí varias veces durante los días siguientes.
Nada.
Y aunque traté de convencerme de que no importaba, algo en su manera de irse me dejó inquieto. No parecía arrepentimiento. Parecía miedo.
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