Volví a acostarme con mi exesposa durante un viaje de trabajo Cu al amanecer, una mancha roja en la sábana me dejó sin aire. Un mes después, una llamada desde un hospital en Cancún me hizo entender que aquella noche no había sido un error… sino el principio de algo mucho más oscuro.

Cuando levantó la vista y me reconoció, sonrió apenas.

—Daniel…

Escuchar mi nombre en su voz me desarmó más de lo que esperaba.

Nos quedamos hablando horas.

Al principio con cuidado. Después con demasiada facilidad. Recordamos tonterías: el gato que odiaba a todo el mundo, nuestro viaje absurdo a Veracruz, las veces que nos quedábamos despiertos viendo películas malas solo para no discutir.

Y entonces entendí algo peligroso.

Todavía me sentía en casa cuando hablaba con ella.

Caminamos juntos por Paseo de Montejo hasta que empezó a llover. Corrimos riéndonos bajo los árboles como dos idiotas demasiado grandes para actuar así.

Cuando llegamos empapados a mi hotel, Mariana me miró en silencio unos segundos.

Debí despedirme ahí.

No lo hice.

Aquella noche dormimos juntos.

Y por unas horas olvidé por qué habíamos terminado.

Pero a la mañana siguiente desperté solo.

Mariana ya no estaba en la habitación.

Solo había una taza de café vacía, la ventana abierta y una nota doblada sobre la mesa.

“No debimos hacer esto. Perdón.”
Eso era todo.

Intenté llamarla.

No respondió.

Le escribí varias veces durante los días siguientes.

Nada.

Y aunque traté de convencerme de que no importaba, algo en su manera de irse me dejó inquieto. No parecía arrepentimiento. Parecía miedo.

 

 

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