Su hijo gritó a la tumba, y entonces el ataúd se tambaleó.

—Lo sé —dijo Daniel.

Metió la palanca debajo de la tapa.

Los clavos resistieron.

Empujó hacia abajo una vez.

Nada.

Empujó de nuevo.

La madera crujió.

Clara emitió un pequeño sonido de ahogo detrás de él.

Daniel empujó por tercera vez con todas las fuerzas que le quedaban.

Los clavos comenzaron a aflojarse.

El sonido era horrible.

No fue como abrir una caja.

Fue como romper una decisión que todos habían tomado sin él.

La tapa se movió.

Solo una fracción.

Lo suficiente para que Daniel pudiera oler el aire atrapado en el interior.

Bastaba con que el ministro susurrara: "Señor, ten piedad".

Entonces Daniel se detuvo.

Todos lo oyeron.

Un golpe en la puerta.

Débil.

Lento.

Desde el interior del ataúd.

No se trata del asentamiento de la madera.

No es el deslizamiento de tierra.

No hay lamento que se pueda inventar y transmitir a cuarenta personas a la vez.

Un golpe humano.

Mateo gritó el nombre de su madre.

Las rodillas de Daniel casi cedieron.

El agente levantó su radio, pero no habló por ella.

Clara negó con la cabeza, retrocediendo hasta que su talón chocó contra un montón de tierra.

—No —susurró—. No, eso no puede ser.

Daniel se inclinó sobre el ataúd, con el rostro a pocos centímetros de la tapa.

Su voz se quebró a la mitad.

“Elena.”

Nadie respiraba.

—Si me oyes —dijo—, vuelve a llamar a la puerta.

Durante un largo segundo, el cementerio quedó tan silencioso que Daniel pudo oír el leve golpeteo de la cuerda de la bandera contra el poste cerca de la oficina del cementerio.

Entonces se oyeron dos golpes desde dentro.

Lento.

Débil.

Vivo.

Toda la multitud retrocedió como un solo cuerpo.

Una mujer rompió a llorar.

El ministro dejó caer su libro de oraciones.

El trabajador del cementerio maldijo entre dientes y agarró el borde de la tapa.

Daniel volvió a bajar la palanca.

Esta vez la tapa se levantó media pulgada.

En el hueco apareció una fina tira de tela blanca.

Mateo lo vio primero.

Su voz apenas sonaba humana.

“Esa es la manga de mamá.”

Clara se desmayó.

El agente la sujetó por un brazo antes de que cayera al suelo, pero Daniel no se giró.

Toda la velocidad, todas las firmas, todas las explicaciones cuidadosas, todas las puertas cerradas, las tapas cerradas y las bocas cerradas habían concluido en esta estrecha grieta en la madera.

Daniel volvió a empujar.

La brecha se amplió.

Algo se movió dentro.

Una mano pálida se deslizó por la abertura y agarró el borde de la tapa del ataúd.