Si había problemas, me llamaban.
Si había deudas, me llamaban.
Si había crisis, me llamaban.
Pero jamás escuché una palabra de agradecimiento.
Jamás.
Cuando nació mi hija Merly, pensé que todo cambiaría.
Creí que mis padres serían diferentes con ella.
Qué equivocado estaba.
Merly era una niña noble.
De esas que saludan a todos.
Que comparten sus juguetes.
Que dibujan corazones para las personas que aman.
Pero mis padres nunca la trataron como nieta.
La trataban como si hubiera llegado por error.
Como si sobrara.
Como si estorbara.
Y la peor prueba ocurrió durante la fiesta de cumpleaños número setenta de mi padre.
Más de sesenta invitados.
Música.
Comida.
Fotografías.
Mesas elegantes.
Toda la familia reunida.
Merly estaba emocionada.
Durante un mes entero había preparado un regalo.
Un álbum hecho a mano.
Cada página contenía fotografías, dibujos y cartas dedicadas a su abuelo.
Lo hizo sola.
Con amor.
Con una ilusión que me partía el alma.
—Papá, ¿crees que al abuelo le guste?
—Claro que sí, princesa.
—¿Lo va a guardar?
—Estoy seguro.
Sonrió.
Y esa sonrisa fue lo último feliz que vi en ella aquella noche.
Cuando llegó el momento de los regalos, Karen tomó el centro de la atención.
Sus hijos aparecieron cargando enormes cajas.
Computadoras.
Teléfonos.
Bicicletas.
Consolas.
Relojes.
Todo era para ellos.
Todos aplaudían.
Todos los felicitaban.
Todos los presumían.
Mientras tanto Merly seguía esperando.
Con su pequeño álbum abrazado contra el pecho.
Finalmente se acercó a mi padre.
Le entregó el regalo.
—Feliz cumpleaños, abuelo.
Mi padre lo abrió.
Miró apenas dos páginas.
Y lo dejó sobre la mesa.
Sin agradecer.
Sin sonreír.
Sin siquiera verla.
Pero lo peor vino después.
Karen soltó una carcajada.
—Ay, qué ternura...
Mi padre también rio.
Entonces levantó la voz para que todos escucharan.
—¿Qué quieren que haga con esto?
Las conversaciones se detuvieron.
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