Todos voltearon.
Y él continuó.
—No puedo llenar mi oficina con cosas hechas por una niña que ni siquiera debería estar aquí.
Sentí un escalofrío.
Merly quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Mi padre me miró.
Y sonrió.
Una sonrisa cruel.
Fría.
Despreciable.
—Que esa niña siempre ha sido un estorbo.
La sala quedó en silencio.
Merly comenzó a temblar.
—Papá... —susurré.
Pero él siguió.
—Los verdaderos nietos son los hijos de Karen.
Ella solo está de relleno.
Solo ocupa espacio.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente en los ojos de Merly.
La niña intentó contenerse.
Intentó ser fuerte.
Pero cuando escuchó las risas de algunos familiares...
Se rompió.
Completamente.
—¿Abuelo... tú no me quieres?
La pregunta atravesó la habitación como un cuchillo.
Y mi padre respondió algo que jamás olvidaré.
—No hagas dramas.
Los niños deben aprender cuál es su lugar.
Merly soltó el álbum.
Las fotografías quedaron regadas por el suelo.
Y salió corriendo llorando.
Yo fui detrás de ella.
La encontré escondida en un rincón del patio.
Abrazada a sus rodillas.
Deshecha.
—Papá...
—Aquí estoy, mi amor.
—¿Por qué me odia?
Sentí que algo moría dentro de mí.
—No te odia.
—Entonces por qué siempre me trata como basura...
No pude responder.
Porque ella tenía razón.
La habían tratado como basura toda su vida.
Y yo había permitido demasiado.
Aquella noche regresé al salón.
Ya no era el mismo hombre.
Tomé el micrófono.
Y todos guardaron silencio.
—Tengo algo que anunciar.
Mi padre sonrió con arrogancia.
Pensó que iba a disculparme.
Pensó mal.
—A partir de este momento renuncio a la empresa familiar.
Las sonrisas desaparecieron.
—¿Qué tontería es esa? —gritó Karen.
—Ninguna.
Miré a todos.
—También quiero informarles algo más.
Saqué una carpeta.
La levanté frente a ellos.
—Los principales clientes han decidido seguir trabajando conmigo.
No con ustedes.
El silencio fue absoluto.
Mi padre palideció.
—¿Qué hiciste?
—Lo mismo que ustedes hicieron conmigo durante años.
Decidir quién vale la pena.
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