Carmen dejó de sonreír cuando vio los documentos sobre la mesa.
Miró a Sergio, luego a mis hermanos, luego a mí con los bebés en brazos. Intentó mantener la voz firme, pero le tembló la mandíbula.
“¿Qué significa esto?”
Luis levantó una hoja.
“Significa fraude. Firma falsificada. Uso indebido de propiedad ajena. Y, si siguen hablando, quizá nos ahorren trabajo con la confesión.”
Óscar soltó una grosería.
“Sergio, ¿por qué les dijiste?”
Sergio perdió el control.
“¡Porque ellos ya sabían! ¡Yo te dije que era peligroso meter el departamento de Mariana!”
El silencio cayó como una piedra.
Liliana, la esposa de Óscar, retrocedió un paso.
“¿Meter el departamento de Mariana en qué?”
Nadie le contestó.
Carmen apretó su bolsa contra el pecho.
“No exageren. Mariana vive aquí como reina. Óscar tiene un hijo también. La familia se ayuda.”
Yo la miré con una mezcla de dolor y asco.
“¿Ayudar a la familia es falsificar mi firma?”
Carmen me señaló con el dedo.
“Si fueras buena esposa, lo habrías ofrecido tú sola. Pero siempre te creíste superior porque compraste cuatro paredes antes de casarte.”
Andrés abrió otra parte de la carpeta.
“Gracias por confirmar el motivo.”
Luego sacó su celular y reprodujo un audio.
La voz de Carmen llenó la sala:
“Cuando Mariana esté desesperada con los escuincles, va a firmar lo que sea. Sergio, tú nomás presiónala. Dile que si no entrega el departamento, está destruyendo a la familia.”
Sentí que el pecho se me cerraba.
Sergio bajó la mirada.
Óscar empezó a caminar hacia la puerta, pero dos hombres de seguridad que venían con mis hermanos le bloquearon el paso.
“No tan rápido”, dijo Luis.
Carmen gritó:
“¡Esto es abuso! ¡Somos familia!”
Andrés respondió sin levantar la voz:
“Precisamente por eso da más vergüenza.”
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