Yo miré a Sergio.
“¿Por qué me hiciste esto?”
Él se limpió la cara con la mano.
“Porque aquí nunca me sentí dueño de nada. Todo era tuyo. Tu casa, tus ahorros, tus hermanos importantes. Yo parecía un invitado.”
Me reí, pero sin alegría.
“Entonces preferiste robarme para sentirte hombre.”
Sergio levantó los ojos, herido en su orgullo, no en su conciencia.
“Yo iba a arreglarlo.”
“¿Sacándome con mis hijos a un cuarto lleno de humedad?”
No respondió.
En ese momento tocaron la puerta otra vez. Andrés fue a abrir. Entraron dos agentes y una mujer del Ministerio Público con una orden en la mano.
“Buscamos a Sergio Robles, Carmen Salgado y Óscar Robles.”
Carmen empezó a llorar de golpe.
“No, no, esto es un malentendido. Mariana está confundida. Acaba de tener bebés.”
Esa frase me dio fuerza. Hasta mi dolor querían usarlo para hacerme parecer débil.
Sergio cayó de rodillas frente a mí.
“Mariana, por favor. No hagas esto. Piensa en Camila y Leonardo. No les quites a su papá.”
Miré a mis hijos. Dormían sin saber que su propio padre los había puesto en peligro.
“No se los estoy quitando”, dije. “Los estoy protegiendo.”
La mujer leyó los cargos. Óscar intentó zafarse y los agentes lo sujetaron. Carmen me insultó entre lágrimas. Sergio, en cambio, se quedó callado.
Hasta que Liliana, pálida, habló desde la esquina.
“Mariana… falta algo.”
Todos volteamos.
Ella abrió su bolso con manos temblorosas y sacó una hoja doblada.
“Hay otra cuenta. Óscar dijo que esa no la podían congelar porque no estaba a nombre de ninguno de ellos.”
Sergio levantó la cabeza.
Y cuando vi la pequeña sonrisa que apareció en su cara, supe que todavía no habíamos descubierto lo peor.
¿Qué creen que escondía esa cuenta y por qué Sergio sonrió justo cuando todo parecía perdido? La última parte cambia completamente la historia.
Liliana entregó la hoja como si le quemara los dedos.
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