—Vas a ir de una forma u otra, te lo juro.
Ella me miró mucho rato, como si supiera que yo estaba mintiendo para no romperme.
Esa tarde noté algo raro. Valeria escribía mucho en una libreta morada que yo le había comprado cuando empezó el tratamiento. Decía que ahí ponía pensamientos, sueños, cosas de chicas. Cada vez que yo entraba, la cerraba rápido y la escondía bajo la almohada.
—¿Qué escribes tanto? —le pregunté una vez.
—Nada, mamá. Cosas mías.
No insistí. Pensé que necesitaba un espacio donde la enfermedad no metiera sus manos.
También recibía muchos mensajes de Darío, su mejor amigo desde secundaria. Un muchacho flaco, noble, de esos que siempre saludan de beso a las señoras y cargan las mochilas sin que nadie se lo pida. Él la visitaba cuando podía, le llevaba pan dulce, tareas atrasadas y chismes de la prepa para hacerla reír.
—Darío vino otra vez —me dijo una enfermera un