PARTE 1
—No vamos a dejar que Valeria se muera sin bailar su graduación —dijo Darío, parado en la puerta del cuarto del hospital, con un traje negro arrugado y los ojos llenos de lágrimas.
Yo me quedé helada.
Tenía un vaso de café frío entre las manos, de esos cafés aguados del Hospital General de México, y ni siquiera recordaba cuándo lo había comprado. Llevaba tantas noches durmiendo en una silla junto a la cama de mi hija que el tiempo ya no se medía en horas, sino en medicamentos, análisis y llamadas del doctor.
Valeria tenía diecisiete años.
A esa edad debía estar preocupada por el vestido, por las fotos, por si el maquillaje le iba a durar toda la noche, por si el muchacho que le gustaba iba a invitarla a bailar. Pero en lugar de eso, mi hija aprendió palabras que ningún adolescente debería conocer: leucemia, quimioterapia, recaída, plaquetas, transfusión.
Yo era madre soltera. Su papá se fue cuando ella tenía seis años y jamás volvió a preguntar si necesitábamos algo. Así que Valeria y yo habíamos sido siempre un equipo de dos. Cuando no había dinero para salir, hacíamos palomitas en casa. Cuando ella lloraba porque alguna niña de la escuela se burlaba de sus tenis viejos, yo le decía:
—Un día te van a mirar por todo lo que eres, no por lo que traes puesto.
Vea el resto en la página siguiente.