Los compañeros de mi hija llevaron el baile de graduación hasta su cuarto del hospital porque ella no podía asistir. Pero al final de la noche, uno de ellos me entregó un sobre y susurró: “No vinimos solo por el baile.”

Y ella sonreía.

Antes de enfermarse, Valeria soñaba con su baile de graduación como si fuera una película. Pegaba recortes de vestidos en el espejo de su cuarto en Iztapalapa. Me enseñaba peinados en el celular.

—Mamá, prométeme que tú me vas a peinar ese día.

—Te lo prometo, mi niña.

Pero la quimioterapia se llevó su cabello. Luego se llevó sus fuerzas. Después, poco a poco, empezó a llevarse esa luz traviesa que tenía en los ojos.

Cuatro días antes del baile, Valeria me preguntó desde la cama:

—Mamá… ¿crees que sí pueda ir?

Yo sentí que se me partía el alma.

El doctor Robles nos había dicho que no era recomendable. Sus defensas estaban bajísimas. Cualquier infección podía complicarlo todo. Pero ¿cómo se le dice a una hija que quizá no podrá vivir la noche que esperó durante años?

Le acomodé la cobija hasta el pecho y fingí una sonrisa.

 

 

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