Llevé el teléfono de mi difunto esposo a reparar y descubrí una verdad para la que no estaba preparada.
Habían pasado casi tres meses desde la muerte de mi esposo. El tiempo parecía avanzar y, a la vez, detenerse. La casa seguía su ritmo: los niños iban a la escuela, yo preparaba el almuerzo, lavaba la ropa, hablaba con la gente. Pero en el interior, todo estaba envuelto en una niebla.
El teléfono de mi marido había estado guardado en el cajón de la cómoda todo ese tiempo. La pantalla estaba rota y no encendía. Sabía que tarde o temprano tendría que hacer algo, pero lo fui posponiendo. Ese teléfono fue lo último que tocó. Lo último que tuvo consigo ese día.
Decidí repararlo y regalárselo a mi suegra. Su teléfono llevaba tiempo sin funcionar y no tenía dinero para comprarle uno nuevo. Me pareció una decisión sensata y práctica: darle una segunda vida a ese objeto.
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