Mi esposo falleció en un accidente de coche. Todo sucedió de repente. Salió de casa por la mañana; esa misma tarde, el hospital llamó. Le devolvieron sus pertenencias: la cartera, las llaves, el reloj y el teléfono. Dijeron que el teléfono había quedado muy dañado en el accidente y que ya no servía. En ese momento, simplemente lo guardé en un cajón. Como recuerdo. Como algo que aún no estaba preparada para tocar.
El taller de reparación estaba ubicado en un antiguo centro comercial, un espacio semisubterráneo, con poca luz y olor a polvo y aparatos electrónicos. El técnico era un hombre tranquilo de unos cuarenta años, que no hizo preguntas innecesarias ni mostró emoción alguna. Examinó el teléfono y dijo que la pantalla necesitaba ser reemplazada por completo, pero que la reparación no era complicada y tardaría aproximadamente una hora.
Me quedé allí esperando. Mientras él trabajaba, me senté en la única silla y miré por la ventana sucia, donde caían gotas de lluvia. Pensé en los niños. En cómo estaban creciendo sin su padre. En cómo cada uno afrontaba la pérdida de manera diferente. La hija intentaba ser fuerte. El hijo todavía preguntaba a veces cuándo volvería su padre.
El técnico trabajaba en silencio. Era evidente su experiencia: sus movimientos eran decididos y precisos. Al cabo de un rato, conectó el teléfono al cargador y pulsó el botón de encendido. La pantalla se iluminó. Una pantalla común y corriente.
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