PARTE 1
Cada quincena, cuando el depósito caía en la cuenta, Julián sentía que algo se le atoraba en la garganta.
Sacaba la tarjeta del banco de su cartera vieja y se la entregaba a Maribel, su esposa, como quien entrega una derrota.
Él trabajaba como chofer de reparto en Ecatepec.
Se levantaba antes de que saliera el sol, manejaba entre tráfico, baches, mentadas de madre y calor encerrado en la camioneta.
Pero al final del día, sentía que ni siquiera podía comprarse un refresco sin pedir permiso.
—Toma —dijo una noche, aventando la tarjeta sobre la mesa—. Pero ahora sí dame algo, Maribel. Aunque sean 300 pesos. Es cumpleaños del Gordo y todos los de la ruta van a ir por unas chelas.
Maribel levantó la mirada.
Estaba sentada con una libreta, una calculadora chiquita y recibos doblados.
Tenía el cabello amarrado, la cara cansada y los labios resecos.
—No puedo darte 300, Julián.
Él soltó una risa amarga.
—Claro que no puedes. Nunca puedes.
—Te puedo dar 60 para tus pasajes y saldo.
—¿60? ¿Neta? —él golpeó la mesa—. Trabajo como burro todo el día, regreso oliendo a diésel, con la espalda partida, ¿y tú me das 60 como si fuera chamaco?
Maribel cerró la libreta despacio.
—Falta pagar la luz, el gas, la tanda de la señora Lupita y la renta.
—Siempre falta algo contigo.
La casa se quedó en silencio.
Era una vivienda rentada en una colonia apretada de Nezahualcóyotl, con paredes húmedas, techo de lámina sobre el patio y una ventana que no cerraba bien.
Cada lluvia les recordaba que no eran dueños ni del suelo donde dormían.
Julián llevaba años entregando su tarjeta.
Maribel administraba todo.
Pagaba comida, recibos, escuela de su sobrina a la que ayudaban a veces, renta y despensa.
Pero él se quedaba con monedas.
En la ruta, sus compañeros lo traían de bajada.
—¿Qué pasó, Julián? ¿Hoy sí te soltó feria tu vieja?
—Ni que fuera feria de pueblo —respondía él, fingiendo risa.
Por dentro le hervía la sangre.
Se sentía humillado.
Veía a otros comprar tenis, invitar tacos, llevar el celular nuevo.
Él seguía con los mismos zapatos parchados y una mochila que ya ni cierre tenía.
Y Maribel no cambiaba.
No se compraba ropa.
No iba al salón.
No pedía antojitos.
Si él quería tacos de suadero, ella hacía sopa de fideo.
Si él pedía pollo rostizado, ella sacaba frijoles del día anterior.
—Eres bien agarrada, Maribel —le decía él.
Ella solo bajaba la mirada.
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