—Qué conveniente. Cuando tenía dinero y posición, le celebrabas todo. Ahora que perdió el trabajo, ya no te sirve.
Paulina bajó la mirada.
—Tiene razón.
Rosa se estremeció. No esperaba honestidad.
—Yo lo empujé contra usted —confesó Paulina—. No porque usted fuera mala. Al contrario. Porque Miguel la quería demasiado.
Rosa sintió un nudo en la garganta.
—¿Eso te molestaba?
—Me enfermaba. Mi mamá nunca fue como usted. En mi casa nadie se abrazaba, nadie preguntaba si ya comiste, nadie guardaba tu platillo favorito. Cuando vi cómo Miguel hablaba de usted, cómo todavía buscaba su aprobación, sentí que yo siempre iba a estar en segundo lugar.
—Entonces decidiste destruirlo —dijo Julián.
—Decidí separarlo de usted. Primero con comentarios. Luego burlándome de sus llamadas. Después diciéndole que un hombre casado no podía seguir pegado a su mamá. Él empezó a creerlo. Y cuando la golpeó… yo aplaudí porque pensé que había ganado.
Rosa lloró sin hacer ruido.
—¿Y ganaste?
Paulina negó con la cabeza.
—No. Gané a un hombre capaz de golpear a su madre. Y un hombre que golpea a su madre tarde o temprano también destruye a su esposa.
Ese día, Paulina se fue. Nadie la detuvo.
Miguel intentó volver una vez más. Llegó más delgado, con la camisa arrugada y la mirada hundida. Se paró frente a la reja como un niño castigado.
—Mamá, perdóname. Lo perdí todo.
Rosa lo miró con amor y dolor mezclados.
—No vienes porque entendiste, Miguel. Vienes porque te quedaste solo.
Él lloró.
—Soy tu hijo.
—Sí —dijo ella—. Y yo soy tu madre, no tu tapete.
Miguel se cubrió la cara.
Julián se acercó a Rosa, listo para sostenerla si flaqueaba. Pero ella no flaqueó.
—Una oportunidad no es abrirte la puerta para que vuelvas a lastimarnos. Si algún día cambias de verdad, lo veremos con hechos, no con lágrimas. Por ahora, esta casa necesita paz.
Miguel se quedó unos segundos más. Luego se fue caminando bajo el sol, sin voltear.
Meses después, supieron que se había mudado a Monterrey y que trabajaba en una tienda de refacciones. No sabían si estaba mejor o peor. Y por primera vez, esa incertidumbre no gobernó sus vidas.
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