El científico del Vaticano midió el cuerpo de Carlo y salió destruido por la verdad

El día que la ciencia tembló: Mi noche oscura en el subsuelo de Asís
Durante veintiocho años creí que la muerte era un idioma perfectamente traducible para quien supiera medir, abrir y registrar sin temblar. No llegué a la medicina forense por una vocación luminosa o espiritual, sino por una mezcla de disciplina familiar, curiosidad anatómica y una capacidad preocupante para soportar lo irreversible. En mi casa, la ciencia no era una opción entre otras; era la única forma respetable de existir.

Mi nombre es Luca Ferrante. Trabajé catorce años en el Instituto Médico Legal de Milán procesando casos con la regularidad de quien aprende a no mirar rostros. Para mí, la muerte era el lugar donde la biología dejaba de fingir y mostraba, por fin, la estructura real de sus mecanismos.

Por esa frialdad metodológica, el Vaticano comenzó a llamarme en 2006. Buscaban peritos rigurosos, capaces de desarmar supersticiones con método. Mi relación con la fe era inexistente: no la combatía, no la necesitaba y no la consultaba. Cuando me convocaron el 27 de enero de 2019 para examinar los restos de Carlo Acutis en Asís, asumí que sería un trabajo técnico más. Un cuerpo juvenil, un subsuelo, otro archivo sellado con términos precisos.

 

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