Iba armado con un maletín de instrumentos calibrados y un protocolo de dieciséis páginas. Estaba completamente seguro de mi escepticismo. No sabía que esa mañana, la realidad destruiría al hombre que yo creía ser.
El protocolo contra lo imposible
La sala de examen en la basílica de Santa María de los Ángeles era exactamente lo que un forense desearía: iluminación blanca, una mesa metálica y un silencio administrativo. Nadie me pidió fe, nadie me habló de milagros. Calibré mis instrumentos, comprobé la humedad y anoté las condiciones ambientales con la meticulosidad que siempre me había protegido de la sugestión.
La exhumación siguió el curso previsto. Sin embargo, la primera anomalía no fue una visión celestial, sino una ausencia. Tras doce años bajo tierra, el cuerpo de Carlo no desprendía el patrón olfativo que cualquier forense reconoce de inmediato. El aire se mantenía sorprendentemente neutro, con un leve matiz limpio. En ese momento no me impresioné; la experiencia me había enseñado que los detalles extraños suelen rendirse pronto ante explicaciones materiales y aburridas.
Pero entonces, inicié las mediciones térmicas.
Tomé la primera temperatura superficial del cuerpo y obtuve un dato incompatible con las condiciones ambientales de la sala. Pensé en un fallo del instrumento. Reinicié el dispositivo, cambié de punto anatómico, repetí la medición y el valor volvió a aparecer, obstinado. Pedí un segundo termómetro, lo calibré delante de los testigos y obtuve prácticamente la misma lectura.
No hablo de algo espectacular pensado para impresionar a una parroquia; hablo de una cifra concreta, clínica y matemáticamente fuera de su lugar.
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