Lucía empezó a llorar en silencio.
Dentro del sobre sellado había una nota notariada. Don Ernesto había apartado el maletín años antes, excluyéndolo legalmente de sus bienes. También había dejado una cuenta de ahorro modesta, no millonaria, pero suficiente para cambiar una vida: dinero destinado a Santiago, con una instrucción final.
“Que lo use para algo que haga compañía donde haya soledad.”
Santiago no alcanzó a seguir leyendo. Le temblaban las manos.
Al día siguiente, el licenciado Arriaga llamó. Raúl ya había presentado una inconformidad. Decía que Santiago había manipulado a un anciano vulnerable para quedarse con bienes familiares.
Esa misma tarde, Raúl apareció golpeando la puerta.
—¡Abre! —gritó desde la banqueta—. ¡Sé lo de la cuenta!
Santiago salió con una sola carta en la mano.
—No vengas a gritar a mi casa.
—¡Mi tío estaba enfermo! ¡Tú te aprovechaste!
—Tu tío escribió lo que pensaba de ti.
Raúl arrebató la carta y empezó a leer. Su rostro pasó del enojo a una palidez amarga.
En esa carta, don Ernesto describía la última visita de su sobrino: Raúl había llegado no para verlo, sino para pedirle que firmara un poder sobre la casa “por si se moría pronto”.
Raúl levantó la mirada, furioso y herido.
—Él no tenía derecho a escribir eso.
Santiago respiró hondo.
—Lo vivió. Claro que tenía derecho.
Raúl arrugó la carta entre los dedos.
—Entonces vamos a ver quién queda como el villano cuando esto llegue al juzgado.
Y esa amenaza fue apenas el inicio de algo que Santiago jamás imaginó que saldría de un simple maletín viejo…
PARTE 3
El conflicto llegó más lejos de lo que Santiago esperaba.
Durante varios días, Raúl llamó al licenciado Arriaga, dejó mensajes agresivos y apareció 2 veces frente a la casa de don Ernesto con corredores inmobiliarios, como si pudiera vender recuerdos por metro cuadrado. Les decía a los vecinos que Santiago era “un aprovechado”, “un extraño que se metió con un viejo solo” y “un tipo que llevaba mandado a cambio de herencia”.
La gente empezó a murmurar.
En la tortillería, una señora dejó de saludar a Santiago. En la farmacia, alguien comentó que “uno nunca sabe por qué la gente ayuda tanto”. Lucía lo notó antes que él.
—Te están lastimando porque don Ernesto ya no puede defenderte —dijo ella.
Santiago no quería pelear. Había pasado 12 años haciendo algo sencillo y limpio. No quería convertir esos domingos en pruebas, documentos y acusaciones. Pero Raúl no se detuvo.
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