Durante 12 años, crucé la calle cada domingo para llevarle el mandado a mi vecino anciano. Creí que sólo lo estaba ayudando… hasta que, después de su funeral, su abogado me entregó una maleta vieja y lo que había dentro me hizo temblar las manos.

PARTE 1

—Ese viejo no era tu familia. Sólo fuiste el muchacho del mandado durante 12 años.

Raúl Velázquez soltó esas palabras afuera de la funeraria en la colonia Narvarte, con el celular en una mano y una sonrisa fría en la boca, como si el cuerpo de su tío todavía no estuviera a unos metros, dentro de un ataúd sencillo cubierto con flores blancas.
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Santiago Andrade no contestó de inmediato. Tenía 40 años, la camisa negra arrugada por el calor de la Ciudad de México y los ojos rojos de tanto contenerse. No había ido al funeral de don Ernesto para discutir con nadie. Había ido a despedirse del hombre que durante 12 años lo esperó cada domingo con café de olla, pan dulce y una silla vacía frente a la ventana.

Todo había empezado cuando Santiago tenía 28 años y acababa de mudarse a esa calle tranquila, pensando que sólo se quedaría ahí 2 años. Una mañana de domingo, mientras sacaba la basura, vio a don Ernesto bajando con dificultad unas bolsas del súper desde la cajuela de un Tsuru viejo. Una bolsa se rompió, los jitomates rodaron por la banqueta y el anciano intentó agacharse con una mano en la cintura.
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Santiago cruzó sin pensarlo.

—Déjeme ayudarle, don.

—No hace falta, joven. Todavía puedo.

—Sí puede, pero no tiene por qué hacerlo solo.

Entró a la casa con las bolsas. Olía a madera antigua, café soluble y medicinas. Don Ernesto le pidió que se sentara “sólo 5 minutos”. Esos 5 minutos se volvieron casi 1 hora. Le habló de su esposa Teresa, fallecida hacía años, del barrio cuando todavía había terrenos baldíos, de los niños que antes jugaban fútbol en la calle sin miedo.

Al despedirse, Santiago le dijo:
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—Cuando necesite mandado, me avisa. Yo voy al mercado los domingos.
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—No quiero molestar.

—Entonces no lo piense como molestia.

Don Ernesto sonrió con una tristeza suave, como si alguien le hubiera abierto una ventana después de mucho tiempo.

Desde entonces, todos los domingos Santiago pasaba por una lista escrita con letra temblorosa: leche, huevos, arroz, frijol, pan integral, manzanas, a veces una cajita de galletas de vainilla. Al principio, don Ernesto insistía en pagarle gasolina.

—No soy limosnero, Santiago.

—Y yo no soy cobrador, don Ernesto. Ya voy para allá.

Con los años, el ritual se volvió parte de la vida. Santiago se casó con Lucía. Ella horneaba conchas, galletas o panqué de naranja y siempre apartaba una porción.

—Llévale esto a tu amigo —decía.

Don Ernesto preguntaba por ella, por el trabajo de Santiago, por si algún día tendrían hijos. A veces hablaba de Teresa. Casi nunca hablaba de su familia.

Sólo mencionaba a un sobrino: Raúl.

—Llama cuando necesita dinero —dijo una vez, sin levantar la vista del café—. O cuando quiere saber si ya pensé qué haré con la casa.

—¿Y qué le dijo?

—Que pienso seguir viviendo en ella.

Los 2 rieron, pero a Santiago se le quedó una espina en el pecho.

El domingo en que don Ernesto murió, la luz del porche seguía encendida a las 9 de la mañana. Él jamás la dejaba prendida después del amanecer. A mediodía llegó la ambulancia. Los paramédicos dijeron que se había ido dormido, en paz, a los 84 años.

El funeral fue pequeño. Demasiado pequeño para alguien que había vivido tantas décadas en esa calle. Raúl llegó tarde, perfumado, con traje caro y prisa en los ojos.

—La casa se vende esta misma semana —dijo después del servicio—. No tiene caso dejarla juntando polvo.

Santiago apretó los puños.

—Era su hogar.

—Era un inmueble. Y ahora por fin servirá para algo.

Antes de que Santiago pudiera irse, un abogado de cabello canoso se acercó con un maletín viejo, de cuero gastado y broches opacos.

—¿Usted es Santiago Andrade?

 

 

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