—Ahora intento aprender a vivir sin esperar que alguien se quede.
Esa frase me dolió más que cualquier pelea que hubiéramos tenido.
Me quedé con ella varios días. La acompañé a estudios médicos, hablé con doctores y escuché historias que nunca me había contado durante nuestro matrimonio.
Por primera vez en años, dejamos de fingir.
Y entendí que el problema nunca fue falta de amor.
Fue miedo.
Miedo a molestar.
Miedo a necesitar.
Cuando regresé a Monterrey, seguimos hablando. Sin promesas absurdas. Sin intentar borrar el pasado.
Meses después volví a Mérida.
Mariana estaba sentada en la misma cafetería donde la encontré aquella primera noche.
Esta vez, cuando me vio entrar, sonrió de verdad.
Y yo entendí algo simple:
A veces las personas no vuelven para repetir la historia.
Vuelven para terminarla de la manera correcta.