Sebastián limpió la herida sin llamar a nadie. Preguntó antes de tocarla, dejó la puerta abierta y prometió que ningún médico elegido por Octavio volvería a entrar en la hacienda.
Renata no le creyó por completo, pero fue la primera promesa que no sintió como una amenaza.
Durante las siguientes semanas, el matrimonio construido como un negocio comenzó a cambiar. Renata revisó las cuentas de La Cumbre y descubrió cobros falsos que perjudicaban a los trabajadores. Sebastián reemplazó al administrador y devolvió el dinero. Cuando una modista de Polanco habló de “esconder” el cuerpo de Renata bajo telas oscuras, él la expulsó; luego pidió disculpas por decidir sin consultarla y dejó que Renata eligiera a quién contratar.
No era amor todavía. Era respeto. Para ella, eso ya parecía un milagro.
Pero Octavio seguía dentro de la casa.
El doctor Salcedo apareció sin cita diciendo que debía evaluar la salud mental de Renata. Sebastián lo rechazó frente a todos. Dos días después, Mónica, la asistente personal de Renata, bebió por error una taza de chocolate destinada a su patrona y cayó inconsciente.
Un médico independiente confirmó que la bebida contenía un sedante peligroso.
—Era para mí —dijo Renata junto a la cama de Mónica—. Mi padre nunca pensó dejarme vivir después de la boda.
Esa misma noche, ella condujo a Sebastián hasta el archivo de Elena, trasladado a La Cumbre por instrucciones de un testamento que Octavio no había podido ignorar.
La llave giró.
Dentro encontraron cartas, estados bancarios y una libreta escrita en código. Renata reconoció el sistema: su madre escondía cifras reales bajo gastos domésticos. “Velas” significaba sobornos. “Lavandería”, retiros del fideicomiso. “Reparaciones”, pagos a funcionarios.
Durante días descifraron cada página.
Octavio había vaciado durante años la herencia que Elena dejó a Renata: acciones de una empresa tequilera, terrenos de agave y un fondo de inversión que pasaría a control de su hija al casarse o cumplir treinta años.
Pero lo peor apareció en una carpeta azul.
Había pagos a un contador, un periodista y un funcionario vinculados al caso que destruyó al padre de Sebastián.
—Mi padre fue incriminado —murmuró él—. Octavio lo hundió porque había descubierto el fraude.
Renata sintió que el piso se abría.
—Yo tenía diecisiete años. Estaba encerrada. No sabía nada.
Sebastián tardó un segundo demasiado largo en responder, y ese silencio la hirió más que una acusación.
—No eres responsable —dijo al fin—. Perdóname. Mi rabia habló antes que yo.
En el fondo de la carpeta encontraron un borrador de convenio matrimonial que ninguno había visto. Incluía una cláusula falsificada: si Renata moría y Sebastián era investigado, toda la fortuna regresaría a Octavio.
Junto al documento había fotografías de una curva peligrosa en la carretera a Tapalpa y una nota escrita por el abogado de la familia:
“Accidente después de la transferencia. El esposo será el sospechoso natural.”
Renata comprendió el plan entero.
Octavio había elegido a un hombre arruinado para convertirlo en asesino ante la opinión pública. Ella debía morir. Sebastián debía ir a prisión. Su padre recuperaría cada peso robado.
Entonces sonó la alarma.
El humo comenzó a entrar por debajo de la puerta.
Alguien había prendido fuego al archivo.
Sebastián tomó la carpeta azul, pero Renata regresó por la libreta de Elena. Una viga ardiente cayó entre ambos. El techo crujió. Las ventanas explotaron por el calor.
—¡Renata, sal de ahí! —gritó Sebastián.
Ella alcanzó a ver una sombra cerrar desde afuera la única puerta despejada.
Y, un segundo después, la viga principal cayó directamente sobre Sebastián.
PARTE 3
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