—Mira, lo familiar es aparte. Hablemos como empresarios. Mi proyecto puede salvar cientos de empleos.
Sebastián lo observó unos segundos.
—Tu proyecto no fue rechazado por Mariana. Fue rechazado porque tus balances están maquillados, tus preventas son falsas y moviste dinero de inversionistas a cuentas personales.
Mauricio se quedó inmóvil.
Renata giró lentamente hacia su esposo.
—¿Qué cuentas personales?
El silencio se volvió más pesado.
Sebastián no respondió de inmediato. Miró a Mariana, como pidiendo permiso. Ella respiró hondo. Esa parte ni siquiera ella la conocía.
—Dilo —susurró.
Sebastián sacó su teléfono y mostró un documento enviado por el equipo de auditoría del fondo. Había transferencias repetidas a una empresa fantasma registrada en Cancún. También pagos de renta, joyería y hospital privado a nombre de una mujer llamada Camila Duarte.
Renata dejó de tocarse el vientre.
—Mauricio… ¿quién es Camila?
Mauricio abrió la boca, pero no salió nada.
Teresa, acorralada, cometió el peor error. Señaló a Mariana frente a todos y gritó:
—¡Esto es culpa tuya! ¡Siempre envidiaste a tu hermana porque ella sí nació para brillar!
Mariana sintió que algo dentro de ella se quebraba, pero no como antes. Esta vez no fue dolor. Fue liberación.
Entonces Sebastián levantó otra hoja.
—Y todavía falta lo más grave.
Renata dio un paso atrás, Mauricio intentó irse y Teresa entendió, demasiado tarde, que la verdad completa todavía no había salido.
¿Crees que Mariana debe terminar de exponerlos o ya fue suficiente? Escribe qué crees que falta por descubrir, porque la última parte cambia todo.
—La auditoría encontró algo más —dijo Sebastián—. El dinero que Mauricio desvió no salió solo de sus inversionistas. También salió de las cuentas de tu madre.
Teresa se quedó sin aire.
Renata volteó hacia ella.
—¿Qué está diciendo?
Mariana observó a su madre. Por primera vez en su vida, Teresa no parecía poderosa, ni elegante, ni intocable. Parecía una mujer atrapada por la máscara que había usado demasiado tiempo.
Sebastián continuó:
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