Me sonrojé.
Seis meses después, Walter me miró al otro lado de nuestra mesa favorita del restaurante.
“No quiero perder el tiempo”, dijo.
Luego sacó una pequeña caja de terciopelo.
“Sé que hemos vivido vidas enteras separados. Pero también sé que no quiero pasar el tiempo que me queda sin ti.”
En el interior había una sencilla alianza de oro con un pequeño diamante.
"¿Quieres casarte conmigo?"
Lloré lágrimas que creía que ya se habían secado.
—Sí —dije—. Sí.
Nuestra boda fue íntima y emotiva. Mis hijos estuvieron presentes. Unos pocos amigos cercanos. Todos comentaron lo hermoso que era que el amor pudiera encontrar su camino de regreso.
Llevaba un vestido color crema y planifiqué cada detalle personalmente. Esto no era solo una boda, era la prueba de que mi vida no había terminado.
Cuando Walter me besó, sentí que mi corazón se llenaba por primera vez en doce años.
Todo fue perfecto.
Entonces, una joven a la que no reconocí se me acercó en la recepción.
Tendría unos treinta años. Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Debbie? —susurró.
"¿Sí?"
Ella miró a Walter, y luego volvió a mirarme a mí.
“Él no es quien tú crees que es.”
Mi corazón se aceleró.
Antes de que pudiera responder, me deslizó una nota doblada en la mano.
“Ven a esta dirección mañana a las cinco.”
Luego se marchó.
Me quedé paralizada, mirando a Walter reírse con mi hijo. ¿Acaso estaba a punto de perder todo lo que acababa de encontrar?
Terminé la recepción en piloto automático. Sonriendo. Cortando el pastel. Aterrorizada.
Esa noche no pude dormir.
Al día siguiente, le dije a Walter que iba a la biblioteca.
En cambio, conduje hasta la dirección que figuraba en la nota.
Me temblaban las manos al levantarme.
Era mi antiguo instituto, aquel donde Walter y yo nos conocimos, ahora transformado en un restaurante iluminado con guirnaldas de luces.
Confundido, entré.
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