Ese día el mundo se le vino encima a Rosa. Llorando como Magdalena, se hincó y le confesó todo el engaño.
En una cultura tan machista, lo normal era que Miguel la corriera a patadas o la quemara con la familia, pero no lo hizo.
Solo sacó 1 almohada del ropero, la atravesó a la mitad del colchón y se durmió dándole la espalda.
Desde ese maldito día, jamás volvió a rozarle ni un dedo.
De cara a la calle, Miguel era el esposo modelo, el que le abría la puerta del Chevy y le dejaba la quincena completita en la mesa.
“Qué pinche suerte tienes, neta ya no hay hombres así”, le decían las vecinas con envidia.
Rosa solo sonreía tragándose las lágrimas, aprendiendo que un hombre te puede enterrar viva sin necesidad de levantar la voz.
Pero la mentira reventó la mañana en que Miguel fue a tramitar su pensión.
Fueron juntos a la Clínica 68 del IMSS, que estaba a reventar de doñitas y enfermeras gritando nombres.
El doctor revisó los análisis recientes de Miguel, torció la boca y sacó un expediente amarillo y empolvado.
—Señor Miguel… esta bronca no es de ahorita —dijo el médico, poniéndose muy serio.
Rosa sintió que se le helaba la sangre. —¿Qué tiene mi viejo, doctor?
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