Todo el auditorio siguió sus pasos.
Parecía que iba directo a Claudia, pero Renata se interpuso.
—Yo soy tu madre —dijo, ya sin sonrisa—. Yo te traje al mundo. Eso nadie me lo puede quitar.
Emiliano se detuvo.
—Sí. Tú me trajiste al mundo. Pero todavía falta que todos sepan por qué volviste justo hoy.
Renata abrió los ojos.
Esa fue la primera vez que el miedo se le notó completo.
—No sé de qué hablas.
Emiliano sacó otro papel del bolsillo interior de la toga. Era una hoja impresa con sellos de una notaría de Puebla.
—Hace 3 días me llamó el licenciado Arriaga. Me dijo que mi abuelo Ignacio, el papá de ustedes, dejó un fondo a mi nombre antes de morir. Un fondo que debía entregarse cuando yo cumpliera 19 años y terminara la preparatoria.
Claudia sintió que el piso se movía.
Ella no sabía nada.
Don Manuel se llevó una mano a la frente.
Doña Elvira empezó a llorar.
—Era para sus estudios —murmuró—. Tu abuelo quiso asegurarse de que no te faltara universidad.
Emiliano miró a sus abuelos.
—¿Y por qué nadie me lo dijo?
Doña Elvira no respondió.
Don Manuel bajó la cabeza.
Renata levantó la voz, desesperada.
—Porque eras menor. Porque Claudia no sabe manejar dinero. Porque alguien tenía que protegerlo.
Gerardo la miró como si acabara de conocerla.
—Tú me dijiste que habías pagado su escuela todos estos años —dijo—. Me dijiste que Claudia no te dejaba verlo, que te había robado a tu hijo y que hoy ibas a recuperarlo para formar una familia conmigo.
El murmullo se volvió indignación.
Una señora de la segunda fila dijo:
—Qué poca madre.
Renata la escuchó y se quebró.
—¡Todos me juzgan, pero nadie sabe lo que es cargar con una maternidad que no pediste!
Claudia dio un paso hacia ella.
—Nadie te está juzgando por tener miedo a los 20. Te están viendo por volver cuando apareció dinero, un prometido rico y una foto bonita para Facebook.
El golpe fue limpio.
Renata no pudo responder.
Emiliano levantó la hoja de la notaría.
—También sé que fuiste al despacho la semana pasada. Preguntaste si podías cobrar el fondo como mi madre biológica. Dijiste que yo vivía bajo tu cuidado.
Gerardo se quitó lentamente el anillo de compromiso.
El sonido del metal al caer en su palma se escuchó demasiado fuerte.
—Renata, vámonos —dijo ella, intentando tomarle el brazo.
Él se apartó.
—No. Yo me voy. Tú te quedas con tus mentiras.
Doña Elvira perdió la fuerza y el pastel se le resbaló de las manos.
La caja cayó al piso.
El betún se aplastó.
Las palabras “tu verdadera mamá” quedaron embarradas contra el mosaico del auditorio, como si la misma frase se hubiera cansado de fingir.
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