Ni suspiró.
Ni miró el reloj.
—No pasa nada, cielo —le dijo—. Lo importante es que hoy lo intentaste. Vamos a hacerlo despacito.
Entonces pasó lo impensable.
Lucía soltó una risa.
Una risa de verdad.
De esas que salen sin permiso.
Daniel sintió que la garganta se le cerraba.
Porque esa risa era la misma que su hija tenía antes del accidente.
Antes de las terapias.
Antes de las noches eternas.
Antes de que el dolor se quedara a vivir en cada habitación.
Se quedó quieto, con la mano todavía en el marco de la puerta.
Con miedo de moverse.
Como si un paso suyo pudiera romper el momento.
Como si el sonido se apagara otra vez.
No entró.
No dijo nada.
Solo miró.
Y escuchó.
Al día siguiente, volvió a casa antes.
Y al otro, también.
Al principio se decía que era casualidad.
Pero no.
Era a propósito.
Se quedaba en el pasillo.
Se apoyaba detrás de una pared.
Escuchaba a escondidas, como quien espía una vida que ya no le pertenece.
Una tarde vio algo en la cocina.
Un cuaderno viejo encima de la encimera.
Se le apretó el pecho.
Reconoció la letra al instante.
Martha.
Ese trazo redondo que él había visto en notas pegadas en la nevera.
En listas de compra.
En tarjetas de cumpleaños.
Lo abrió con cuidado, como si fuera frágil.
Dentro había letras de canciones.
Las que Marta cantaba cuando los niños eran pequeños.
Canciones de cuna.
Coplas sencillas.
Tonadas que llenaban la casa cuando todo era normal.
Y ahí, entre las páginas, había hojas nuevas.
Con la misma letra, pero no era la de Marta.
Era la de Laura.
Había copiado cada verso.
Cada acorde.
Cada indicación.
Como si estuviera reconstruyendo algo que el accidente había intentado borrar.
Daniel tragó saliva.
En los días siguientes empezó a notar más cosas.
Laura se quedaba más allá de su horario.
Traía partituras prestadas de una biblioteca.
Entre canción y canción, hacía que los niños movieran los dedos.
Que estiraran los hombros.
Que giraran las muñecas.
Pero lo hacía jugando, como si fuera parte de la música.
Los sábados, cuando nadie se lo pedía, aparecía con un teclado de segunda mano.
Y una bolsa con galletas caseras.
—Para que el ensayo tenga premio —decía, y los niños se reían.
El resto lo encontrará en la página siguiente.