Esa misma jornada, Vanessa fue trasladada a una celda de aislamiento, perdió todos los privilegios de los que disfrutaba y quedó sometida a una nueva investigación disciplinaria. Unas semanas después, las autoridades decidieron enviarla a otra prisión con un régimen de seguridad mucho más estricto.
Margaret, por su parte, regresó al patio a la mañana siguiente con su recipiente para lavar la ropa, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, el ambiente ya no era el mismo. Las mujeres que antes evitaban incluso hablar con ella comenzaron a acercarse por iniciativa propia. Unas la ayudaban a cargar el agua, otras levantaban los objetos más pesados, y ninguna volvió a permitir que alguien la tratara con desprecio o le levantara la voz.
Una joven reclusa se acercó en silencio y le dijo:
—Perdón por no haberte defendido desde el primer momento.
Margaret le dedicó una cálida sonrisa y respondió con serenidad:
—Lo verdaderamente importante es que, al final, encontraron el valor para hacer lo correcto.