Los días siguientes no trajeron consigo una pelea familiar ni una ruptura dramática. Trajeron algo más gradual: mi esposo empezó a notar esos pequeños momentos en los que cedía por costumbre, por miedo a que me tacharan de "esposa dura". Empezó a intervenir, al principio con cierta torpeza, antes de que yo tuviera que hacerlo.
La mancha en la sábana terminó siendo, al final, lo menos importante de aquella noche. Lo que realmente importaba era darme cuenta de que el silencio con el que había accedido a ceder mi lugar no era paz: era una costumbre que, si no la interrumpía a tiempo, iba a definir cada año de mi matrimonio.
No hubo ningún escándalo. Simplemente fue el primer límite que puse, y el primero que él aprendió a respetar.
Fin.