Luego empezó a dormir en el sofá.
Al principio parecía inofensivo—culpaba a su espalda, bromeaba con ello. Pero seguía pasando. Cada noche, empezaba en la cama conmigo y luego se marchaba en silencio.
Por la misma época, Mellie empezó a parecer agotada—no solo una adolescente normal cansada, sino algo más profundo. Noté cómo parecía extrañamente reconfortada cuando Oliver estaba cerca. Eso debería haberme tranquilizado.
En cambio, me inquietó.
Una noche, me desperté y encontré que Oliver se había ido. La casa estaba en silencio. Entonces noté una franja de luz bajo la puerta de Mellie.
Se me cayó el alma al suelo.
Abrí la puerta un poco y me quedé paralizado.
Oliver estaba sentado encima de su cama, apoyado en el cabecero. Mellie dormía a su lado, cogiéndole la mano.
El miedo me golpeó al instante.
Cuando le enfrenté, me explicó en voz baja: ella había tenido una pesadilla y le pidió que viniera. No quería despertarme.
Eso dolió más de lo que esperaba.
Durante los días siguientes, la sospecha creció. Me odiaba por ello, pero no podía ignorarlo. En vez de preguntar directamente, tomé una decisión de la que todavía me avergüenza: instalé una pequeña cámara en su habitación.
Cuando vi las imágenes, la verdad salió a la luz.
Noche tras noche, Mellie se despertaba de pesadillas, le mandaba mensajes a Oliver, y él venía a sentarse a su lado—sin cruzar límites, solo quedándose hasta que ella se calmara. A veces lloraba, a veces hablaba, a veces simplemente necesitaba a alguien allí.
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