—No tenían que saber eso.
—Sí teníamos —respondió Abril—. Porque toda la vida pensamos que eras fuerte sin romperte. Y no. Te rompiste muchas veces. Solo que siempre te pegaste de nuevo antes de prepararnos el desayuno.
La directora se cubrió la boca.
Un señor de la primera fila empezó a aplaudir, pero se detuvo al ver que nadie quería romper el momento.
Sofía levantó la libreta otra vez.
—Hay una entrada que queremos leer completa.
Mateo quiso decir que no, que era demasiado, pero Renata ya estaba frente al micrófono.
—“Mis niñas cumplen 15. Hoy Abril me preguntó si yo tenía sueños antes de ellas. Le dije que sí, pero no cuáles. Soñaba con tener un taller grande, viajar a Mazatlán, casarme algún día, dormir una noche completa. Luego las vi bailar en la sala con vestidos prestados y entendí que algunos sueños llegan con otro nombre. Yo no perdí mi vida. Solo cambió de forma.”
Mateo se cubrió la cara.
Su cuerpo se dobló hacia adelante como si por fin pudiera soltar el peso acumulado durante 22 años. Intentó quedarse sentado, pero las rodillas le fallaron. Cayó al piso entre la fila 7 y la 8.
Abril lo abrazó de inmediato.
—Papá, mírame.
Mateo levantó la cara, empapada de lágrimas.
—Yo pensé… —susurró—. Yo pensé que hoy iban a quererlo a él.
Renata bajó corriendo del escenario.
Sofía la siguió.
Las 3 se arrodillaron alrededor de él, con sus togas negras extendidas sobre el piso pulido del auditorio.
—¿A Rodrigo? —dijo Renata, con una tristeza dura—. Él nos dejó un recibo.
Sofía tomó la mano de Mateo.
—Tú nos dejaste una vida.
Abril apoyó la frente contra la de él.
—Nosotras no estábamos esperando a nuestro verdadero papá. Estábamos esperando el día correcto para decirle al mundo que siempre fuiste tú.
Entonces el auditorio se puso de pie.
Primero una fila. Luego otra. Después todos.
Aplaudieron como si hubieran presenciado algo más grande que una graduación. Algunas madres lloraban. Un maestro se quitó los lentes. Un muchacho grababa con el celular y no dejaba de repetir:
—No manches… esto sí es amor.
Mateo no escuchaba casi nada.
Solo sentía los brazos de sus hijas.
Sus hijas.
Cuando logró ponerse de pie, Abril le entregó la carpeta.
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