—¡Cállate, Vanessa! —siseó Daniel con brusquedad—. Si está ahí dentro, tiene su teléfono. Si ha llamado a alguien, estamos perdidos antes incluso de cruzar la frontera. Tengo que estar seguro. Tengo que verlas.
La absoluta frialdad de su voz destrozó el último vestigio de mi corazón. Era el hombre que me besaba de buenas noches cada mañana antes de ir a trabajar. El hombre que había entrenado al equipo de béisbol de Noah. No intentaba encubrir su crimen por pánico; quería confirmar su éxito. A sus ojos, no éramos más que números superfluos en un balance, que debían ser borrados.
Un golpe sordo.
Golpeó la puerta con el hombro. La vieja cerradura de latón tintineó y la madera crujió ligeramente alrededor del marco.
Noah se estremeció, una violenta convulsión sacudió su pequeño cuerpo. Tuvo arcadas. Reconocí las señales: el veneno le estaba provocando vómitos, pero si vomitaba con fuerza, Daniel sabría exactamente dónde estábamos, detrás de la puerta. Aterrorizada, le tapé la boca con la mano, llorando en silencio mientras mi hijo contenía el vómito, sus lágrimas ardientes contra mis palmas.
"Lo siento, lo siento mucho", susurré en su cabello, con el corazón hecho pedazos.
¡Un golpe sordo!