Esta contradicción no despertó en ella envidia, sino una angustia profunda. Si Dios es justo, ¿cómo puede permitir semejante desequilibrio? En una de sus revelaciones más impactantes, Brígida se atreve a presentar esta pregunta ante Dios sin adornos ni diplomacia, como portavoz de la humanidad confundida.
Ella observa que los malvados parecen protegidos por una suerte inquebrantable: negocios exitosos, salud robusta, prestigio social. Y lo peor de todo es que su prosperidad se convierte en un argumento contra la fe: muchos concluyen que no hace falta ser bueno para que la vida funcione.
La respuesta que cambia la forma de mirar el mundo
La respuesta que recibe no es emocional ni ambigua. Es una explicación directa, casi contable, que transforma por completo la perspectiva humana.
Dios le revela que su justicia no deja nada sin pagar: ningún bien queda sin recompensa, ningún mal sin consecuencia. Pero la clave está en cuándo y con qué moneda se paga.
Los malvados, aunque vivan de espaldas a la gracia, no son incapaces de hacer pequeños bienes: un gesto solidario ocasional, una obra útil, un acto de compasión puntual. Y Dios, por ser justo, debe retribuir esos actos.
Sin embargo, como esas personas han cerrado su corazón a lo eterno, solo queda una moneda disponible: la prosperidad temporal.
Vea el resto en la página siguiente.