Señor Beaumont.
Me temblaban los dedos.
Lo abrí.
“Si estás leyendo esto, ya estás afuera.”
Levanté la vista hacia la casa.
Entonces continué.
“Sé lo que te hicieron. Sé en qué se ha convertido mi hijo. Y también sé lo que realmente eres.”
Se me cortó la respiración.
“Crees que nunca te miré. Eso no es cierto. Te observé durante cinco años.”
La lluvia corría por el papel.
Pero continué.
“Nunca buscaste dinero. Nunca respondiste a sus humillaciones. Mantuviste tu dignidad… incluso cuando te aplastaron.”
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
“Esta casa no se merece a alguien como tú.”
Silencio.
Luego la última línea:
“Todo lo que hay en esta caja te pertenece ahora. Y esto es solo el principio.”
Me quedé inmóvil.
Incapaz de respirar correctamente.
Volví a mirar dentro.
Archivos.
Títulos.
Llaves.
Y otro documento.
Lo saqué.
El nombre del grupo Beaumont.
Y abajo…
una firma.
Del señor Beaumont.
Y la mención:
**Transferencia de acciones.**
En mi nombre.
Mis piernas casi cedieron.
Para qué…
¿Por qué yo?
En ese momento, la puerta que estaba detrás de mí se abrió lentamente.
Me di la vuelta bruscamente.
El señor Beaumont estaba allí.
Vea el resto en la página siguiente.