—¿Emma? —Luke se rió—. Vamos, Donald. No es para tanto.
Dejé de moverme.
“El hecho de que llevemos ocho años juntos no significa nada.”
Sentí un nudo en el estómago.
Entonces llegó la frase que lo cambió todo.
“Ella no tiene madera de esposa.”
Me quedé paralizado.
Mi bolsa de gimnasio casi se me resbala del hombro.
Luke siguió hablando.
“Es genial vivir con ella. La vida es fácil a su lado. ¿Pero una esposa? Eso es diferente.”
Donald dijo algo que no pude oír.
Luke volvió a reír.
“Sigo esperando a encontrar a la persona indicada. Emma se siente cómoda. Hay una diferencia.”
Conveniente.
Después de ocho años, eso era lo que yo era.
No era la mujer que él quería.
No su futura esposa.
No era el amor de su vida.
Simplemente conveniente.
Simplemente familiar.
Simplemente alguien que ocupaba el puesto hasta que apareciera algo mejor.
Me di la vuelta en silencio, salí del apartamento y me senté en mi coche durante diez minutos intentando respirar.
Entonces regresé.
Esta vez di un portazo.
“¡Cariño, ya estoy en casa!”
Luke salió sonriendo.
Esa noche cené con él.
Me reí de sus historias.
Le di un beso de buenas noches.
Y no dijo absolutamente nada.
Porque después, frente al espejo del baño, me hice una promesa a mí misma.
Sin confrontación.
No se permite mendigar.
No podemos perder otro año.
Ya había terminado.
PARTE 2: El plan de salida
A la mañana siguiente, después de que Luke se fuera a trabajar, llamé a mi hermana Jane.
“¿Puedes venir?”
Llegó dos horas después con café.
Le conté todo.
La llamada telefónica.
Los ocho años.
Las excusas.
El futuro que, al parecer, solo existía en mi cabeza.
Jane escuchaba en silencio.
Cuando terminé, ella dejó su café.
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